Noticias 20/02/2026

Ucrania, cuatro años después: resistir también es reconstruir

Este domingo, el diario ARA publica el reportaje “Un combate sin armas”, dedicado a las voces de la resistencia civil ucraniana con motivo del cuarto aniversario de la invasión rusa a gran escala. El trabajo se ha elaborado a partir de la red de organizaciones y testimonios con los que NOVACT colabora de forma sostenida sobre el terreno.

Carlos Bodoque, responsable de proyectos de NOVACT en Ucrania, acompañó a la periodista durante el viaje y comparte aquí su propia crónica. Una mirada directa, sin intermediarios, sobre lo que significa vivir y resistir en un país inmerso en una guerra prolongada.

Kyiv: la normalidad bajo ataque

Cuando se llega a Ucrania por sexta vez en el marco de la invasión rusa a gran escala, uno ya no recibe el impacto inicial de las sirenas ni de los controles militares. Lo que golpea es otra cosa: la normalidad de vivir bajo ataques de forma sistemática. La gente sigue yendo a trabajar, el transporte público funciona, las cafeterías abren… Y, al mismo tiempo, la guerra lo atraviesa todo.

Este viaje, realizado gracias a la financiación del Ayuntamiento de Barcelona, tenía un objetivo claro: escuchar, aprender y reforzar alianzas con actores locales que, en medio de una agresión armada, defienden los derechos humanos, refuerzan la comunidad y trabajan para fortalecer la participación democrática. Pero más allá de la agenda formal, lo que me llevo es una lección sostenida de dignidad.

En Kyiv, los días fueron intensos. Las calles heladas y las bajas temperaturas, que llegaron a -22 grados bajo cero, no ayudaban a hacer vida con “normalidad”. Nos reunimos con organizaciones amigas: Sasha Romantsova, del Center for Civil Liberties; Igor Semyvolos, de la Escuela Ucraniana de Construcción de Paz; Mariya Levonova, del Centre for United Actions; Mykola Davydyuk, de Factor Bureau… Todos ya convertidos en amigos y amigas, y donde las conversaciones ya no giraban solo en torno a proyectos laborales, sino también a cuestiones personales y a la dureza con la que están afrontando el invierno bajo ataques sistemáticos contra las infraestructuras energéticas del país. Todo ello mientras las alarmas antiaéreas, especialmente las de misiles, interrumpían conversaciones y obligaban a bajar a refugios improvisados.

Por las tardes, cuando anochecía, era principalmente cuando se sentía la guerra más de cerca en la capital. Era en esas horas del día cuando se escuchaban las alarmas antiaéreas, el sonido de los drones y el de los misiles impactando en la ciudad. De hecho, desde el hotel hubo algunas noches en las que vi cómo los drones eran derribados por el ejército ucraniano segundos antes de estrellarse contra un edificio residencial.

Bucha: el territorio herido

En Bucha, el nombre ya pesa. Es imposible no recordar lo que ocurrió allí durante la ocupación rusa de 2022. Pero esta vez íbamos a hablar de otra dimensión de la guerra: la destrucción ambiental.

Junto a activistas de la organización Green Bucha y personal del Ayuntamiento recorrimos zonas boscosas afectadas por combates, restos de munición, suelos contaminados e infraestructuras hídricas dañadas. La guerra no solo mata personas; también destruye ecosistemas, contamina acuíferos y convierte bosques en campos minados. Según datos del Ministerio de Medio Ambiente ucraniano, miles de hectáreas han quedado afectadas por incendios, explosiones y residuos tóxicos.

Lo que impresiona es la capacidad de organización local: mapeo de daños ambientales, esfuerzos comunitarios para recuperar espacios naturales… En Bucha entendí que la defensa del territorio es también una forma de resistencia civil.

Haciendo comunidad en Kherson. Centro cultural ucraniano

Kherson: vivir bajo fuego constante

Llegar a Kherson desde Kyiv no es solo un desplazamiento geográfico; es un cambio de atmósfera. El trayecto comienza en la estación ferroviaria de Mykolaiv, a poco más de una hora en coche. Bajamos del tren y, antes de ubicarnos, una alarma antiaérea irrumpe con un sonido metálico, largo, que lo atraviesa todo.

El personal de la estación nos indica el refugio. Bajamos unas escaleras estrechas hacia un espacio subterráneo improvisado. Bancos de madera, paredes gruesas, cobertura irregular. La gente espera en silencio, con una naturalidad que desarma.

Cuando la alarma cesa, la vida retoma su curso con rapidez. Desde Mykolaiv continuamos hacia Kherson por carretera. A medida que nos acercamos a la ciudad, después de cruzar una carretera rodeada por redes de pesca para protegerse de los ataques con drones, aumentan los controles por parte del ejército y del servicio secreto ucraniano.

Kherson, liberada de la ocupación rusa en noviembre de 2022, sigue bajo fuego casi diario desde la otra orilla del río Dniéper. La proximidad de las fuerzas rusas convierte la ciudad en objetivo constante de artillería y drones. El resultado es visible: calles amplias casi desiertas, edificios con ventanas tapiadas, fachadas marcadas por impactos y edificios destruidos.

Lo que más sorprende es que la ciudad parece suspendida. En la calle solo hay personas que hacen trayectos cortos y necesarios: ir al supermercado, comprar medicamentos… Nadie pasea. Nadie se detiene más de lo imprescindible. Se reducen los desplazamientos. Las conversaciones son breves. En Kherson, el espacio público no es un lugar de encuentro; es un espacio de tránsito.

Hablamos con activistas como Denys Sukhanov, que al inicio de la ocupación rusa organizaba la distribución de ayuda humanitaria para la población más necesitada. Tuve el privilegio de formar parte de una sesión del juego Mafia que Denys organiza con personas de la ciudad para seguir conectadas. Nos explicaban cómo planifican estas sesiones de juego de rol semanalmente en distintos puntos de la ciudad, sabiendo que las sirenas pueden sonar en cualquier momento. La logística de la vida cotidiana se calcula en función del riesgo.

Lo que se me ha quedado grabado no es un gran acontecimiento, sino el silencio. Un silencio extraño para una ciudad de este tamaño. Sin tráfico denso, sin terrazas llenas, sin ruido de vida urbana. Solo la nieve, el hielo y el viento, además de algún vehículo puntual, y de vez en cuando, el recordatorio de que todo puede cambiar en segundos.

Sumy: sostener la vida bajo amenaza

La ciudad vive bajo la amenaza recurrente de ataques con misiles y drones, y eso afecta a todas las decisiones personales del día a día. Recorriendo la ciudad con compañeros de Dobrobat, voluntarios especializados en reparaciones de emergencia, nos acompañaron a ver edificios residenciales impactados. Fachadas perforadas, ventanas destrozadas, balcones derrumbados. Pero también ventanas tapiadas, plásticos protectores, equipos trabajando para cerrar grietas antes de que llegue el frío más intenso.

El equipo de voluntarios de Dobrobat actúa con rapidez: aseguran estructuras, cubren aberturas, reparan cubiertas. No es reconstrucción definitiva; es protección inmediata para que las familias puedan seguir viviendo allí. Cada ventana sellada es una barrera contra el frío y cada fachada reforzada es un paso para evitar el desplazamiento forzado.

Una de las visitas más impactantes fue a un hospital infantil. Las profesionales sanitarias seguían trabajando en sótanos habilitados pero sin luz natural. Allí había nacimientos diarios. Garantizar el funcionamiento de un hospital en estas condiciones es una afirmación de derechos. Es decir que, pese a los ataques, la vida y la salud siguen siendo prioritarias.

En medio de este contexto, visitamos también el complejo deportivo del club Barsa en Sumy, inspirado en el Barça de Messi. Puede parecer anecdótico en una crónica de guerra, pero no lo es. Ver a jóvenes entrenando, corriendo detrás de un balón, es una imagen potente.

El centro ha adaptado protocolos de seguridad, cuenta con espacios habilitados como refugio y coordina horarios según el riesgo de alertas. Pero sigue abierto. La vida continúa. El deporte, aquí, es mucho más que actividad física: es comunidad, es un momento en el que el sonido dominante es el de un balón y no el de un misil.

Edificio residencial destruido en Sumy. Voluntario de Dobrobat y Cristina Mas, periodista del diario ARA.

Resistir también es reconstruir

Ucrania atraviesa una guerra devastadora, pero también se ha convertido en un laboratorio de resistencia civil. Y si algo he aprendido en estos días es que, incluso bajo las bombas, hay quienes deciden no renunciar a la vida ni a la dignidad.

Y eso, en sí mismo, ya es una forma de victoria.

Hoy, la resistencia civil ucraniana es un pilar esencial para sostener derechos y comunidad en medio de la guerra. Dar voz a estas iniciativas forma parte del compromiso de NOVACT con la noviolencia y la seguridad humana.

Este domingo, el reportaje de ARA recoge también algunos de los testimonios de este viaje.